La elección debe partir de una evaluación de los riesgos específicos del puesto: impactos en la puntera, perforaciones, resbalones, humedad, exposición a productos químicos, temperaturas extremas, riesgo eléctrico o necesidad de protección adicional en el tobillo. También es fundamental comprobar que el calzado cumpla la norma EN ISO 20345, disponga del marcado CE correspondiente e incorpore el nivel de protección adecuado para la actividad, ya sea S1, S2, S3, S4 o S5, además de posibles prestaciones adicionales como resistencia al deslizamiento, al agua, al calor o al frío. La comodidad, la estabilidad y la durabilidad también influyen en la selección. Un calzado adaptado a las horas de uso y a las condiciones reales del trabajo reduce la fatiga y mejora el coste por uso, ya que dura más y necesita menos reposiciones.